Los jueces que no saben ser jueces
- Yoab Samaniego B
- 14 sept
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 19 sept
En un tribunal cualquiera de la República —que ya no sabe si es Mexicana o Bananera—, el juez electo titubea. Revisa papeles como si fueran jeroglíficos. Se enreda en procedimientos que debería conocer desde primer semestre de Derecho. Los abogados se miran con esa expresión que combina incredulidad, resignación y ganas de cambiar de carrera.
—¿Este es el que eligió el pueblo? —susurra uno.
El otro asiente. ¿Qué más puede hacer? Llorar no está permitido en tribunales.
El Experimento Frankenstein
La escena ya no sorprende a nadie con más de dos audiencias encima: jueces electos que cometen errores procesales que darían vergüenza a un estudiante de tercer semestre, resoluciones mal fundamentadas que parecen copypaste de Wikipedia, audiencias convertidas en reality show jurídico sin guión.
El experimento más radical del Poder Judicial mexicano se está desmoronando a la velocidad de la primera audiencia. Como era predecible. Como les dijimos. Como nadie quiso escuchar.
AMLO lo había anunciado con esa convicción mesiánica que caracterizó a todos sus proyectos: "Que el pueblo elija a sus jueces". Sonaba democrático. Sonaba justo. Sonaba como todas las grandes ideas que suenan hermosas hasta que alguien se atreve a implementarlas.
Desde el origen, era una pésima idea. Pero en la 4T las pésimas ideas se vendían como revoluciones.

El Manual de Cómo Destruir un Sistema
Un juez no es un político. No debería buscar votos ni popularidad ni likes en Facebook. Su lealtad debe ser con la ley, no con quien lo eligió. Esa pequeña diferencia conceptual es la que separa la justicia del populismo jurídico.
"La justicia suele ser impopular", decía un magistrado veterano antes de que la reforma lo mandara al retiro forzoso. "Si dependiera del voto, jamás absolveríamos a un violador aunque las pruebas fueran insuficientes. La gente siempre prefiere la venganza a la justicia."
Pero la 4T creyó que 200 años de teoría democrática estaban equivocados. Que Montesquieu era un fifí. Que la división de poderes era cosa de conservadores. Que la justicia podía convertirse en eslogan de campaña: "del pueblo y para el pueblo".
Como si "del pueblo" fuera sinónimo automático de "competente".
La Aritmética del Absurdo
¿Cómo iba a elegir un ciudadano promedio entre un constitucionalista brillante y un abogado mediocre con mejor marketing? ¿Con qué criterios iba a evaluar la trayectoria judicial de candidatos que ni siquiera habían sido jueces?
En junio, millones de mexicanos votaron por nombres que no conocían, para cargos cuya función apenas entendían, con información que nadie les había dado. Solo 13% de los electores participó; el resto intuyó que aquello no tenía el menor sentido.
Los que sí votaron lo hicieron como si eligieran diputados: por partido, por simpatía, por inercia, por el color de la boleta. Como era absolutamente inevitable que pasara.
Resultado: tenemos jueces elegidos con la misma lógica con la que se elige al presidente de la sociedad de padres de familia.
El problema es que el presidente de la sociedad de padres no decide sobre tu libertad.
El Precio de la Popularidad
Cada error en una audiencia es un derecho pisoteado. Cada resolución mal fundada es justicia negada. Cada vez que un juez electo demuestra que no sabe ser juez, el sistema completo pierde credibilidad.
Y la credibilidad judicial, una vez perdida, tarda décadas en recuperarse. Antes, un litigante sabía que podía ganar o perder, pero el proceso sería serio, técnico, predecible. Hoy ni eso está garantizado.
Es como ir al médico y que el doctor te diga: "No sé qué tienes, pero voy a operarte porque la gente votó por mí".

La Pregunta Incómoda
¿Vale la pena sacrificar competencia técnica por legitimidad democrática? ¿Es mejor un juez inepto pero "popular" que uno competente pero designado?
La 4T apostó que sí. Los primeros resultados sugieren que no solo se equivocaron, sino que se equivocaron espectacularmente.
La legitimidad de un juez no viene de las urnas. Viene de decisiones justas, bien fundamentadas, técnicamente sólidas. Un juez legítimo es el que aplica la ley correctamente, no el que ganó más votos en TikTok.
Pero ya es tarde para lamentos filosóficos. Los jueces electos ahí están, titubando en sus audiencias como estudiantes de intercambio en el primer día de clases.
El Laboratorio Social de Claudia
Sheinbaum heredó este laboratorio social. Este Frankenstein jurídico. Este experimento que ya está dando resultados y todos son malos.
Podría minimizar el desastre con capacitación intensiva, supervisión estricta y, sobre todo, autocrítica pública. Podría reconocer que la reforma fue demasiado radical, demasiado rápida, demasiado ideológica.
Lo más probable es que prefiera la estrategia clásica de la 4T: fingir normalidad mientras los errores se acumulan, hasta que sean tan evidentes que sea imposible seguir negándolos.
Para entonces, el daño será irreversible. Y lo que hoy son anécdotas de tribunales se convertirá en crisis sistémica de credibilidad judicial.

La Última Palabra
Un viejo litigante de provincia lo resumió mejor que cualquier análisis académico. A la salida de un tribunal, después de una audiencia particularmente desastrosa, alguien le preguntó:
—¿Cómo van las cosas, licenciado?
Suspiró, ajustó su portafolio maltratado por décadas de juzgados, y respondió con esa sabiduría que solo dan los años:
—Tenemos los jueces que votamos. El problema es que votamos mal.
Y siguió caminando, probablemente pensando en todo lo que se perdió cuando confundimos democracia con competencia.
Como si elegir jueces fuera lo mismo que elegir al próximo eliminado de un reality show.
Spoiler: no es lo mismo. Y ya nos estamos dando cuenta.



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