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Después de niño ahogado… tapan el pozo

  • Foto del escritor: Yoab Samaniego B
    Yoab Samaniego B
  • 10 nov
  • 2 Min. de lectura

Siempre igual: cuando cae un alcalde, entonces sí… llegan los soldados.

Después de un niño ahogado, tapan el pozo. Pero el pozo en Michoacán lleva años desbordado.


La tarde en que Carlos Manzo fue asesinado durante una inauguración pública en Uruapan, el gobierno federal le dio al micrófono el guion clásico: "Se reforzará la seguridad, se actuará con justicia, no permitiremos impunidad". Al día siguiente presentaron el Plan Michoacán por la Paz y Justicia: 10 500 efectivos, 57 000 millones de pesos, drones, helicópteros, sistemas antidrón y una operación llamada "Paricutín".


Impresionante en papel. Insuficiente en historia.


Porque el hecho verificado es contundente: Michoacán ya ha sido intervenida decenas de veces. Y cada vez que el escándalo político sube su volumen, la acción se convierte en spotlight mediático. Luego vuelve el silencio.


Contexto clave: desde 2006, fueron asesinados 18 ediles en ese solo estado. Dieciocho alcaldes caídos, a pesar de todas las "estrategias" que ya se anunciaron, desplegaron y olvidaron.


Esto importa porque la gobernabilidad real no se mide por cuántos elementos se despliegan, sino por cuánto miedo se reduce y cuánta normalidad se recupera. Si los pueblos rurales siguen encendiendo velas en memoria de sus alcaldes, por mucho que los helicópteros patrullen, la sensación es la misma: alguien más decide, alguien más dispara, alguien más gobierna fuera de la ley.


La contradicción es flagrante: el discurso dice "paz y justicia"; la realidad dice "control por presupuesto y fuerza". Es como si cada vez que se rompe una tubería en un edificio, en lugar de arreglarla, el administrador viniera con una manguera más grande y promete que "el agua no saldrá" esta vez.


Pero sigue goteando.


Aquí el remate venenoso: no es que Michoacán no reciba atención. Es que recibe el espectáculo. Esa intervención federal, los anuncios de miles de soldados, los drones… todo convierte el problema en evento, no en solución permanente. Como tapar una fuga de gas no con llave adecuada, sino con cinta adhesiva. Funciona hasta que el aire se enciende.


¿Y ahora? La pregunta incómoda: ¿este plan será otra campaña mediática o marcará un antes y un después real? Porque si ignoramos la segunda parte —la reconfiguración institucional, la justicia transparente, la coordinación municipal— entonces seguiremos recibiendo titulares de muertos y estrategias esqueleto.


Mientras tanto, los ciudadanos siguen en esa espera absurda: esperan que tapen el pozo, pero nunca que controlen el agua.


Y en ese escenario, el ruido de los helicópteros sustituye al diálogo. El dron, a la investigación. La línea de denuncia, a la confianza.


Michoacán está otra vez en crisis. Y esta vez no es solo por el niño que murió o por el alcalde que cayó. Es por la tubería vieja que nunca se cambió, por el pozo que se tapó y se volvió a destapar.


Mientras los soldados lleguen solo cuando sube la nota, el pozo seguirá llenándose. De silencio. De olvido. De sangre que nadie recoge.


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