El problema no era que estuviera loco. El problema es lo que eligió para volverse loco.
- Yoab Samaniego B
- 22 abr
- 3 min de lectura

Julio César Jasso Ramírez subió 47 escalones con un revólver calibre .38 de 1968, una daga táctica, cientos de cartuchos y un libro que él mismo había escrito para quienes denominaba "seres superiores". Tenía 27 años. Venía de Tlapa, Guerrero. Vivía en la Ciudad de México. Había ido a Teotihuacán varias veces antes del 20 de abril, no como turista, sino como quien ensaya.
A las 11:20 de la mañana, en la cima de la Pirámide de la Luna, disparó contra turistas extranjeros. Mató a una mujer canadiense. Hirió a trece personas de al menos seis nacionalidades. Antes de morir, amenazó a los rehenes en un español fingido, con acento ibérico que no era el suyo: "Vosotros que habéis venido de la puta Europa no vais a regresar."
El gobierno federal calificó el hecho como aislado, vinculado a problemas psicológicos del agresor. Claudia Sheinbaum dijo desde Palacio Nacional que nunca habíamos presenciado algo así. Técnicamente, tenía razón. Políticamente, estaba esquivando la pregunta que importa.
Los problemas mentales no se eligen. Los marcos ideológicos, sí.
Entre las pertenencias de Jasso Ramírez se encontró una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparecía junto a los atacantes de Columbine, panfletos y símbolos de la subcultura conocida como "True Crime Community", que glorifica los asesinatos masivos. También había registros fotográficos donde realizaba el saludo nazi. En sus redes seguía cuentas vinculadas al nacionalismo español, el franquismo y la extrema derecha europea. El ataque ocurrió el 20 de abril — aniversario número 27 de Columbine, una fecha simbólica para estos grupos.
Esto no es el perfil de alguien que simplemente perdió la razón. Es el perfil de alguien que la perdió dentro de un sistema de creencias con estructura, con referentes, con comunidad, con estética propia. La diferencia no es menor. Un hombre que enloquece solo hace daño. Un hombre que enloquece dentro de una ideología sabe a quién admirar, a quién odiar, cuándo actuar y cómo documentarlo.
El discurso de odio no dispara. Pero sí apunta.
Existe en los foros digitales una arquitectura invisible que lleva años funcionando como incubadora. La True Crime Community que glorifica masacres. Los canales de YouTube que romantizan a los tiradores de Columbine como mártires incomprendidos. Las comunidades incel que convierten el resentimiento en liturgia. Los tableros de 4chan donde se comparte la cuenta regresiva de alguien que anuncia un ataque. El nicho fascista que ofrece una jerarquía simple al que se siente excluido: tú eres superior, ellos son el problema.
Las primeras investigaciones sobre el perfil del atacante apuntan a una conexión profunda con comunidades digitales que promueven la violencia nihilista y la ultraderecha.
Nada de eso es nuevo. Lo nuevo es que ocurrió aquí, en México, en la cima de una de las zonas arqueológicas más visitadas del planeta, el día de mayor carga simbólica en el calendario de estos grupos.
Eso no es una coincidencia de alguien con problemas psicológicos. Eso es planificación.
La respuesta oficial tuvo dos ejes. Primero: fue un hecho aislado. Segundo: la seguridad del Mundial 2026 está garantizada. García Harfuch recordó que los operativos llevan más de un año en construcción y operan con revisiones diarias.
Ambos mensajes están diseñados para otro problema. El crimen organizado tiene estructura territorial, cadena de mando, incentivos económicos. Los protocolos de seguridad que México ha construido en décadas sirven para ese modelo. Un hombre solo, radicalizado en su cuarto de hotel, sin afiliación criminal, que planifica durante semanas y ejecuta en minutos, no entra en ninguna de esas categorías.
El Estado mexicano sabe cómo perseguir carteles. No sabe qué hacer con un incel neonazi que escribe manifiestos.
Y eso no es un problema de seguridad. Es un problema de diagnóstico.
La pregunta que nadie está haciendo en la mañanera es qué comunidades digitales operan en México con capacidad de radicalizar a jóvenes hacia la violencia de masas, bajo qué plataformas, con qué velocidad, y si existe algún mecanismo institucional para detectarlo antes de que alguien suba los 47 escalones de la Pirámide de la Luna con un revólver del 68 y cientos de cartuchos.
La respuesta honesta, hoy, es que no existe ese mecanismo.
No porque nadie lo haya pensado. Sino porque el modelo mental dominante en la seguridad pública mexicana sigue siendo el del crimen organizado como amenaza única. Todo lo demás es "hecho aislado". Todo lo demás es "problemas psicológicos". Todo lo demás es ruido que no cabe en el organigrama.
Mientras tanto, los foros siguen abiertos. Los manifiestos siguen circulando. Y alguien, en algún cuarto de hotel, está escribiendo el siguiente libro para seres superiores.


